Norte de Grecia: Sterea Ellada y Thessalía

13-16 de octubre

Llegar a Grecia es como aterrizar en España, pero en un universo paralelo. Los griegos parecen hablar español con sílabas cambiadas, las letras se han vuelto locas y no entiendes los carteles, pero de algún modo te sientes en casa. Los paisajes, el olor a Mediterráneo, las facciones de la gente, los horarios, las calles solitarias de 3 a 5 de la tarde, los baretos llenos de señores mayores que sorben café y copa, los domingos paralizados… Y, por desgracia, también las construcciones abandonadas a medias, las tiendas cerradas, las fábricas desiertas.

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Delfi

Como habíamos planeado, nuestro recorrido por el país heleno iba a empezar hacia el norte, con una ruta en coche. Hay autobuses, pero esta vez necesitábamos ganar tiempo y movilidad. Recogimos el coche en el mismo aeropuerto, le pusimos de nombre Zeus, y GPS mediante, empezamos el recorrido. Conducir por Grecia es un mundo. Nadie parece respetar las señales de 50 y el arcén funciona como un carril más, así que se adelanta con doble línea continua o como sea. Teníamos miedo de no entender los carteles, pero casi todos están también en inglés y además fuimos aprendiendo a leer las letras griegas sobre la marcha. Viajar de día y a nuestro aire nos acercó un poco más a la vida de los pueblos de la Grecia central, entre campos de algodón y olivos, rebaños de ovejas, pequeños puestos a pie de carretera donde los agricultores venden sus frutas y verduras… Compramos tomates y nos los comimos a mordiscos. Deliciosos.

Llegamos a Delfi bajo una suave llovizna. La ciudad moderna, nacida al calor del oráculo y las ruinas, se organiza alrededor de dos calles, que se empinan hacia las laderas del Parnaso y se unen con escaleras. Casitas de pueblo, una iglesia ortodoxa en lo alto, hoteles y hotelillos, tiendas de recuerdos que venden jabones de aceite de oliva y turistas mezclados con lugareños, calle arriba, calle abajo. Buscamos hotel, descansamos, cenamos gyros (una especie de kebab griego) y ensalada con queso feta y tzatziki (yogur con pepino y ajo), y nos fuimos a dormir prontito para ver las ruinas por la mañana.

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Salimos del hotel y era domingo. Sólo había silencio y cantos religiosos lejanos, como una letanía suave que se escurría por las calles de Delfi. Con esa sensación de calma y soledad caminamos hacia las ruinas, fuera del pueblo, bajo la atenta mirada del monte Parnaso. Este lugar fue sagrado por algo, tiene una fuerza especial, un magnetismo que se esconde a las sombras de sus piedras, columnas, pedestales, capiteles caídos, puertas que ya sólo abren paso a retazos de monte y roca.  El templo de Apolo, rodeado por los tesoros de las ciudades-estado, se alza en el centro del complejo con sus columnas desdentadas. Desde ahí lanzaba sus predicciones el oráculo de Delfos, generalmente una mujer joven y virgen que aspiraba emanaciones de la roca para inspirar sus supuestamente infalibles verdades. Sobre las rocas negras del templo no puede pisar ya nadie, pero uno casi espera oírlas susurrar posibles futuros.

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Más arriba se alzan el teatro y el estadio, que también resuenan, esta vez a odas, cantos y vítores. Al otro lado de la carretera, previo paso por el manantial de Kastalia que purificaba a los peregrinos que acudían al oráculo, se llega al gimnasio y al templo de Atenea. En realidad es otro complejo con varios templos, el mejor conservado es el tholos, una construcción circular con columnatas muy impresionante.

Kalambaka

Con el espíritu aún revuelto por la magia de Delfi, volvimos a nuestro cochecito y seguimos camino al norte, hacia Thessalía. El camino se hace por el Parque Nacional del Monte Parnaso, por una carretera curvilínea que sube y baja entre pinares y mares de olivos que llegan hasta el mar (el golfo de Corinto está a un lado y el de Eubea, al otro). Llegamos a Kalambaka bajo la lluvia y encontramos horel sin demasiados problemas. La ciudad, como campo base para visitar Meteora, está llena de alojamientos. En sí, no tiene mucho interés… hasta que se levanta la vista y se observa el paisaje que la rodea. Los altos acantilados de formas redondeadas suponen un telón de fondo inigualable.

Pasamos dos noches en Kalambaka, ya que llegamos por la tarde y a la mañana siguiente tocaba madrugar para ver Meteora, uno de esos lugares únicos que hacen especial un viaje. Desde abajo impresionan las rocas, pero uno no se hace idea de la magnitud del asunto hasta que sube. Llovía a cántaros (o a ánforas, para ser más exacto) y por un momento dudamos de si íbamos a poder ver los monasterios, pero con el avance de la mañana fue despejando y tuvimos jirones de nubes enganchadas a los monasterios, cumbres entre la niebla y hasta cielos azules.

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Allá por el siglo XI, los monjes griegos no tuvieron mejor idea que construirse pequeños refugios de retiro en los recovecos de estas montañas, utilizando cuevas y construcciones precarias. Pero la invasión de los turcos les hizo huir hacia arriba, cada vez más, hasta llegar a las inaccesibles cumbres, donde establecieron sus monasterios. Subían por escalas de piedra que luego retiraban y alzaban las provisiones con poleas y ganchos. Hoy hay puentes y escaleras talladas por el interior de la roca (no menos impresionantes, pero más seguras) y en algunos casos hasta pequeños teleféricos de infarto que ahorran a los monjes tanto sube y baja escalones, y que también sirven para llevar paquetes y mercancías.

Hubo hasta 24 monasterios, pero hoy sólo 6 se alzan en las montañas para alucine de los visitantes. Se puede subir y visitarlos, aunque parezca mentira cuando encaras su base. Nosotros entramos en dos, el más grande, el Moni Megalou Meteorou, y el Agias Triados, uno de los más aislados. El primero es muy interesante porque funciona como museo y puedes ver cómo vivían los monjes y los griegos de todas las épocas, ves la cocina, el refectorio, la capilla repleta de frescos, el sistema de poleas… El segundo es mucho más sencillo pero también menos concurrido y más impactante. Con vistas al pueblo de Kalambaka por un lado y al valle completo de monasterios por el otro (en la antigüedad hubo un mar en su interior), resulta sobrecogedor. Uno es muy pequeñito cuando está sobre esa peña aislada. Si en algún sitio se puede llegar a creer en algún dios, es aquí.

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Tras la increíble e inolvidable experiencia “meteórica”, nuestro minicoche nos llevó de nuevo al sur. Atravesamos Thessalía hacia Lamía y de ahí bajamos paralelos a la costa, parando en el paso de las Thermopylas para honrar al rey Leonidas como buenos espartanos, y en Theologos, un pueblecito que parecía sacado de la costa de Girona, a comernos una spanakopyta (pastel de espinaca) y pan con feta y tomate. Seguimos camino entre pinares y, antes de dejar el coche, tuvimos tiempo de pasar por el puerto de El Pireo a comprar los billetes de ferry para Santorini, a la mañana siguiente. Tras despedirnos de Zeus, pasamos una noche infernal en el aeropuerto con , como mucho, un par de horas de sueño con dolor de cuello, banda sonora de ascensor y frío polar de aire acondicionado. ¿Lo compensarían las aguas azules de Santorini al día siguiente?

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4 comentarios en “Norte de Grecia: Sterea Ellada y Thessalía

  1. hola!

    muy buen viaje la verdad! yo he estado en muchas zonas de grecia (desde atenas y tesalonika hasta las islas como paros, santorini o mykonos).. la verdad cada vez querría más.. es un país barato y con muchos lugares por ver.

    saludos

    Me gusta

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