Un aterrizaje con galleta

Media vida soñando con ir a Australia, las Antípodas, gente que vive cabeza abajo, el paraíso surfero, el desierto rojo, los canguros y los koalas… Y resulta que lo primero que nos cayó nada más entrar fue una bronca.

Hay que ponerse en situación. Llevábamos todo el día de peregrinaje y la noche entre esperas y un vuelo en el que apenas dormimos un par de horas. Con la cara que os imagináis aterrizamos en Darwin de madrugada, rellenamos un papel asegurando que no traficábamos con nada ni teníamos enfermedades malignas y nos acercamos al control. Y precisamente con la tontería del papelín llegó el chorreo… Porque habíamos puesto que no llevábamos comida ¡¡y llevábamos unas galletas!! El poli enorme (o así lo recordamos nosotros) señalaba con el dedo la firma en la ficha de ‘customs’ y la marca en ‘no food’ y las galletas en la mesa, y decía que habíamos sido ‘dishonest’ (bueno, que YO había sido ‘dishonest’ porque las galletas iban en mi mochila). Nosotros le explicábamos que no habíamos creído que eso fuera ‘food’, que eran ‘just cookies’ y que eran ‘for us’, no ‘to sell’ ni nada raro. Y él empeñado en que ‘dishonest’ ‘dishonest’ ‘dishonest’ y venga señalar la firma y a las pobres galletas (nunca en la vida unos ‘crackers’ se habían sentido tan parecidos a una bomba de relojería). Poníamos los dos tal cara de alucine que la poli que estaba a su lado (y que era madre seguro) acabó preguntándonos el equivalente a: ‘Pero almas cándidas, ¡¿cómo no os lo habéis comido en el avión?!’. A lo que le contestamos que es que no teníamos más hambre… Sí, triste pero cierto.

La cosa era absolutamente surrealista, pero aquellos polis estaban muy serios (bueno, él más, a ella claramente le dábamos pena y yo creo que ganas de darnos un pescozón y mandarnos a la cama sin cenar), así que la situación nos tenía entre desconcertados y acojonados. Más lo primero que lo segundo, porque a esto se unía el extraño idioma que hablan los australianos (que inglés eso no es), el agotamiento que sólo nos dejaba visualizar camitas y el choque con la civilización más cuadriculada tras el caos amable y la lógica ‘sui generis’ que reinaban en Asia.

Al final, tras lo que ahora comprendemos que fue la típica estrategia de ‘vamos a asustarlos un poco para que la próxima vez no la caguen’, nos dijeron que nos iban a perdonar ‘this time’. Y, con las orejicas gachas por si aún nos caía el pescozón, atravesanos la puerta de salida los tres de la manita: los dos delincuentes y su paquete de galletas de contrabando. Al otro lado nos esperaba la gran Australia, el maravilloso país de Oz… y de las peculiares leyes de cuarentena que TAN bien acabábamos de aprender. “¿Hace una ‘cookie’ mientras esperamos al bus para ir al centro, eh, ‘dishonest’?”

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