Etapa 24. Perú

7-28 de agosto

Perú es uno de esos países que sorprenden. Para bien. No sólo está muy preparado para el viajero independiente y es tranquilo, seguro y barato, sino que además ofrece visitas inolvidables, una cultura totalmente diferente, rincones naturales únicos y una gastronomía para chuparse los dedos.

LIMA
La capital del país fue el primer gran descubrimiento. Nos habían hablado de un lugar inseguro, descuidado y gris, y a nosotros nos gustó muchísimo. Es cierto que durante el trayecto en los tres autobuses que nos llevaron del aeropuerto al centro vimos barriadas pobres y calles decadentes y en las laderas cercanas se apretaban grupos de chabolas, pero hay pocas grandes ciudades que se libren de estas cosas. Cuentan que cuando llegó la tele a los pueblos de las montañas, mucha gente vino a Lima en busca de esa vida mejor que había visto en la pequeña pantalla y acabó en suburbios sin luz ni agua.
Pero en el centro, la zona que patea el visitante, se alternan preciosos edificios señoriales con enormes balconadas de madera oscura, pasajes abovedados donde venden postales multicolores, calles decadentes llenas de tiendas de libros de segunda mano, la bonita Plaza de Armas, el Monasterio de San Francisco, con toques moriscos y unas catacumbas llenas de huesos (fue el primer cementerio público de Lima), avenidas peatonales con comercios (compramos polares para el frío, que habíamos pasado del Caribe al invierno…) y hasta un cambio de guardia divertidísimo, una versión muy festiva con una banda de músicos con trombones y platillos vestidos de rojo, azul y dorado y que tocaban música como de verbena. Además nos alojamos en el Hotel España, que ya por sí solo merece una tarde de exploración porque es absolutamente genial, una especie de museo-laberinto plagado de esculturas y cuadros y poblado por pavos reales y tortugas. Tras pasear un par de días por la agradable capital y probar varias delicias culinarias que nos dejaron alucinados tras el arroz-frijoles-pollo monotemático de Honduras, el día 10 emprendimos nuestro camino al sur.

NAZCA
Siguiendo hacia la costa desde Lima, el paisaje desértico llena el horizonte y uno tiene la extraña sensación de estar atravesando la luna. En el bus suena música ‘chunchunchun’ a todo volumen llena de historias de amor y desamor que claramente te sitúa en Sudamérica, pero al otro lado de la ventanilla grandes dunas de arena negra y blanca se alternan formando vetas que parecen de terciopelo. Al llegar a Nazca hicimos lo que hace todo el mundo: informarnos sobre cómo ver las líneas. La experiencia fue divertida pero dura para nuestros estómagos (os la contamos en el siguiente post, con vídeo y todo) y nos sirvió para viajar en avioneta por primera vez en nuestra vida.

Pero, además de los famosos dibujos marcados en el desierto, en Nazca hay más cosas. Todas ellas gracias a la civilización del mismo nombre, que fueron unas gentes muy adelantadas y activas, aunque al final los incas les ganaron la partida por la fuerza… Para conocer su herencia acordamos un recorrido con Jorge, un amable guía lugareño, en su minitaxi (los taxis en esta zona son como cajitas de cerillas de colores chillones). Por menos que la agencia, nos llevó sólo a los sitios que nos interesaban: el cementerio de Chauchilla, en medio del desierto, con sus momias de largos cabellos, y los acueductos de Cantallo, sistemas subterráneos de abastecimiento y recogida de agua que todavía se utilizan. Lo pasamos muy bien, aprendimos muchas cosas de los Nazca y de la ciudad (algunas algo imaginativas, como todo lo que cuentan los guías :P) y volvimos a coger las mochilas rumbo al siguiente destino.

CUZCO
Tras un viaje de quince horas por una carretera que no paraba de subir, llegamos a Cuzco agotados del bus y apocados por el mal de altura. Cuzco es uno de esos lugares que te atrapan en su ritmo propio y uno tiene ganas de dejar escapar las jornadas con calma, sin prisas por llegar a Machu Picchu, destino de todos los que aterrizan en esta bonita ciudad de cuestas, casitas blancas y calles empedradas.

Nosotros pasamos los días comiendo bien (quizás sea el destino del que más restaurantes recomendamos en el post de ‘Lugares de Perú’) y probando bichos raros (cuy y alpaca), paseando por sus plazas, viendo la puesta de sol sobre los cerros, adentrándonos en el antiguo templo de Qorikancha (ahora escondido en el Convento cristiano de Santo Domingo), escapándonos a ver las impresionantes ruinas de Ollantaytambo y Pisaq en el Valle Sagrado y el pueblo de Chinchero (vimos teñir las lanas con esos tonos increíbles naturales que sólo existen aquí), alucinando con las llamas que se paseaban por las calles tan campantes acompañadas por señoras vestidas de colores y tomando matecitos de coca para combatir el frío helador y mantener dominado el sorochi. Y por fin, compramos la entrada a Machu Picchu y llegó el momento de visitar la Ciudad Sagrada.

AGUAS CALIENTES Y MACHU PICCHU
Nuestro viaje al Santuario de Nachu Picchu fue toda una experiencia que duró dos días e implicó una caminata de 10 km por las vías del tren. Optamos por la ruta más larga, divertida y barata (¡perfecta!), así que para conocer el periplo al detalle, tendréis que esperar al post especial, porque se las trae… Y también lleva vídeo 🙂
Llegamos a tiempo de ver salir el sol por encima de las montañas que rodean el santuario, subimos a una zona alta (la Cabaña del Guardián) y, rodeados de llamas, vimos desde allí cómo la luz iba inundándolo todo poco a poco. Después bajamos y recorrimos las ruinas con calma, a nuestro ritmo, disfrutando del momento. Subimos y bajamos los andenes, que son las terrazas de cultivo que usaban los incas para sembrar en las laderas de las montañas, y apreciamos de cerca y mejor que nunca su curiosa forma de construir, tallando las piedras como piezas de puzle que encajan a la perfección, como un Tetris arcaico 🙂 Caminamos por la zona sagrada, donde están los templos y la piedra Intihuatana, que marca las estaciones del año, y por la parte industrial, en la que hay casas y prisiones. Y, cuando nos cansamos de andar, nos sentamos a contemplar los restos de edificios y el paisaje, que es igual de impactante, con montañas completamente verdes contra un cielo azulísimo y nieve blanca que brilla en las cumbres más lejanas.
En resumen, Machu Picchu nos encantó. Es uno de esos sitios que crees que te decepcionará, que no será como en las fotos, y resulta que es aún mejor. Tiene un halo mágico único y está en un enclave natural inigualable. Junto con Angkor, es una de las visitas más especiales de este viaje, uno de esos hitos tan esperados y que sobrepasan las expectativas.

AREQUIPA
Previo paso por Cuzco y noche en autobús por más carreteras sin asfaltar que daban vueltas y vueltas, el día 22 de agosto llegamos a Arequipa. Similar a Cuzco pero en piedra blanca en vez de arenosa, Arequipa tiene además un telón de fondo espectacular, con el volcán Misti como guardián (y verdugo, algunas veces). Es la típica ciudad paseable, para perderse con calma, subir al mirador de Yanahuara, entrar en casonas y palacetes coloniales con patios interiores, deambular por las avenidas con tiendas, bares y restaurantes, encontrar una plazuela escondida con un banquito al sol o recorrer el Museo Santuarios Andinos para ver a la momia Juanita, una niña sacrificada y ofrendada por los incas al volcán Ampato para aplacar sus iras. Hace unos años la encontraron congelada en perfecto estado de conservación y ahora el museo es su nueva cripta. Además de la inmersión cultural, Arequipa tiene ambiente nocturno, así que aprovechamos para probar el típico pisco sour, que estaba delicioso.

CABANACONDE Y EL CAÑÓN DEL COLCA
La caminata a Aguas Calientes nos envalentonó y decidimos marcarnos otro trekking un poco más exigente para conocer una de las maravillas naturales de Perú: el cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo (unos 3.200 metros). Para ello, el 24 de agosto atravesamos valles y montañas agrestes de las que nos gustan, y seis horas después llegamos a Cabanaconde, pueblecito tomado por los burros donde todo estaba cerrado… Por la tarde se animó un poco, con más burros y algún humano despistado 😛 Pero el caso es que Cabanaconde era sólo nuestra base de operaciones para hacer la ruta por el cañón, 22,5 kilómetros en total. Así que a las 7 y media de la mañana empezó el recorrido: unas 6 horas bajando y subiendo por caminitos de cabras entre paisajes espectaculares, rocas, huertas, riachuelos y pequeñas cascadas. Pasamos por varios pueblillos colgados de las laderas: San Juan de Chucho, Cosñirhua y Malata, donde estaban de fiestas y bailaban por los caminos con trajes regionales y bastante piripis, con el riesgo que eso implica en un pueblo al borde de un barranco… Queremos pensar que sobrevivieron 🙂 Finalmente llegamos al Oasis de Sagalle, situado en el interior del cañón, junto al río, verde entre las montañas de piedra. Allí pasamos la noche, bajo uno de los cielos más impresionantes que hemos visto jamás y, a la mañana siguiente, tocó volver. El regreso se hace a las bravas, cuesta arriba casi en vertical por la montaña durante casi tres horas, subiendo sin tregua, con lo que eso implica a semejante altitud (de 2.000 a 3.000 metros): te ahogas. Así que hay que ir a ritmo lento y constante y aun así te agotas. Hicimos el camino (a las 6 de la mañana para evitar el calor) con otros cuatro españoles que habíamos conocido en el Oasis (Marixabel, Urko, Mari Luz y Daniel) y con ellos compartimos sudores, descansos, risas, avistamientos de impresionantes cóndores que revoloteaban sobre nuestras cabezas y un enorme y merecido desayuno al llegar a Cabanaconde.

PUNO
Como las carreteras en Perú escasean, tuvimos que volver a Arequipa y hacer noche allí para viajar finalmente a Puno. Este acceso al Titicaca por el lado peruano no es gran cosa, una ciudad tranquila con bares y restaurantes para el turismo y demasiado alejada del famoso e inmenso lago. Así que sólo estuvimos allí una noche y a la mañana siguiente cogimos un bus para cruzar la frontera y ver el Titicaca desde Bolivia. La perspectiva cambió totalmente y el lago nos atrapó con sus frías y luminosas aguas, hasta llevarnos a una isla casi desierta…

ACTUALIZACIÓN:
Os dejamos un video casero de Cuzco:

Más fotos de Perú en nuestro álbum de Flickr, aquí.

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Etapa 24. Perú

2 comentarios en “Etapa 24. Perú

  1. Diego dijo:

    Sí, efectivamente se nos ha rayado el objetivo de la G12!! Empezó poco a poco, con alguna rayita pero ahora tiene bastantes y cada vez se notan más en las fotos cuando la luz llega de frente 😦 Creemos que es por el cierre del objetivo, que roza justo ahí… Qué hicisteis vosotros? La arreglasteis o la jubilasteis?
    Nos alegramos mucho de que os gusten los vídeos, a veces es la forma más gráfica de enseñar algo así en un minutilo en vez de en foto fija!
    Un abrazo, viajeros! 🙂

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