Etapa 27. Costa este de Brasil

10-25 octubre

Tenía que pasar. No hay año que me escape y con estos aires acondicionados árticos… El caso es que salimos de Canoa la noche del 10 de octubre y, dos autobuses después, llegué a Olinda con anginas. El primer día aguanté a base de paracetamol, pero tras una noche terrible al final tuve que ir al médico para conseguir algo más fuerte. Les preguntamos a unos policías cómo llegar al hospital y, como no tenían nada mejor que hacer, ¡nos llevaron en el coche patrulla hasta la puerta de urgencias! Si no hubiera tenido tan mal cuerpo habría sido más divertido 😛 El caso es que me atendieron muy bien y bastante rápido, me pincharon algo milagroso que me dejó como nueva en media hora y la penicilina hizo el resto en un par de días.

OLINDA
Ni el estado febril ni el agotamiento pudieron empañar lo bonita que es Olinda. Pequeña y tranquila (fuera de la locura de carnaval), es famosa por sus grupos de percusión y su gran vida cultural. Se trata de uno de esos lugares a donde te gustaría llegar con más calma, para poder conocer sus numerosos ‘atelieres’ y asomarte a sus aún más numerosas iglesias, charlar con los vecinos tomando una cerveza y probar noche tras noche las tapiocas de cada uno de los puestos que invaden la Praça da Sé. Tuvimos tiempo de hacer un poco de todo eso mientras paseábamos arriba y abajo por sus callejuelas empedradas. De paso vimos apagarse el sol y encenderse en el horizonte la modernísima ciudad de Recife, tan cercana y tan diferente. Subimos una colina siguiendo los graffitis y entramos casi por casualidad en el Museo de Arte Moderno, ubicado en una antigua prisión eclesiástica impresionante. La recorrimos con el divertido y parlanchín Jairo, el encargado del centro, que había vivido en Salamanca así que hablaba portuñol como nosotros 😛
Desde Canoa hasta aquí habíamos compartido viaje y andanzas con Dani y Guillem, aunque nuestros caminos se separaron otra vez el día 11 de octubre, cuando ellos se fueron a Porto de Galinhas y nosotros optamos por Tamandaré. Quedamos en que nos veríamos el fin de semana en Bahía tras nuestras incursiones playeras.

TAMANDARÉ
Elegimos Tamandaré casi por casualidad, en busca de un lugar con playas bonitas, poco turístico y acogedor. Conseguimos más lo primero que lo segundo. Llegamos en día festivo (el 12 de octubre se celebra la patrona de Brasil, Nossa Senhora Aparecida) y una gran parte del estado de Pernambuco estaba en la Praia de Tamandaré. Aun así, bastaba alejarse doscientos metros por la arena para estar casi solos. Al día siguiente, la tranquilidad era total y aprovechamos para caminar siguiendo la costa de playa en playa (unas dos horas de arena blanca, increíbles aguas azul turquesa y pequeños arrecifes donde faenan los pescadores) hasta llegar a la Praia dos Carneiros.

Por el camino descubrimos que en realidad Tamandaré (cuyo centro nos había parecido una sencilla ciudad brasileña donde vive gente y sin ningún atractivo) sí era turístico. Lo que ocurre es que los hoteles (pocos y pequeños) y las decenas de casitas de veraneo (la mayoría son preciosas y dan mucha envidia) se esconden entre los cocoteros que ocupan la primera línea de playa y pasan bastante desapercibidos. Por suerte todavía hay grandes huecos de selva virgen que llega hasta la arena. En uno de ellos, que parecía sacado de una postal caribeña y todo para nosotros, nos tostamos al sol, nos bañamos entre olas transparentes y dejamos pasar las horas hasta el regreso. Fueron dos días tranquilos de calma y playa que nos apetecían mucho, cocinando cosas distintas a arroz y frijoles y durmiendo con silencio total.

SALVADOR DE BAHÍA
Y tras la tranquilidad, ¡llegaron los tambores! La percusión suena a todas horas en Salvador de Bahía, sin respetar resacas ni siestas de domingo. En esta increíble ciudad de casas de colores y alma negra los extranjeros parecemos desteñidos, vestimos de forma aburridísima y, sobre todo, somos absolutamente inútiles en lo que a mover el culo se refiere. La herencia ancestral africana está aquí a flor de piel y samba pero convive sin problemas con la modernidad cultural y artística mientras comparte cocos y cervezas de lata callejeras con nosotros, pobres blanquitos desorientados 🙂

El elevador Lacerda sobrevuela casas a punto de derrumbarse en barrios donde mejor no entrar de noche (y quizás tampoco de día) y aterriza en plazas con esculturas abstractas. Y cuando avanzas por el decadente paseo junto al puerto alternas vistas de yates amarrados, niños que se bañan entre las rocas, chabolas bajo los puentes y grupos de vagabundos que fuman crack y desvarían a dos bloques del Museo de Arte Moderno. Poco más allá, en las playas de Barra, media ciudad clava sus sombrillas en la playa y tumba su bella piel morena al sol. Y hay iglesias llenas de ofrendas, cintas y dorados (tan diferentes como la del Senhor do Bon Fim o la de São Francisco) y ceremonias de candomblé, calles empedradas con puestos que venden acarajé y cocadas junto a fundaciones literarias, en plazas donde en otros tiempos se torturó a los esclavos. Y bares de marcha y restaurantes pijos y barrios bohemios y capoeira de exhibición y zonas donde la violencia de verdad es la reina. Por la noche, en los baretos del Pelourinho, negros y blancos comparten hueco, bailan, charlan en la acera, mientras niños descalzos de mirada perdida recogen las latas vacías que dejan unos y otros.
Todo eso es Bahía, que nos enamoró perdidamente en los tres días (siempre escasos) que la disfrutamos. El 17 de octubre nos llevamos en el corazón su mestizaje y sus ritmos hechizantes un poco hacia el sur, en ferry, minivan y barca.

BOIPEBA
El recorrido por el Rio do Inferno hacia Boipeba duró 4 horas largas. Empezábamos a pensar que nos habíamos teletransportado de vuelta en el Amazonas pero, cuando ya estábamos a punto de colgar las hamacas, el río hizo un recodo y desembarcamos en Velha Boipeba. Seguramente el viaje lo enfatizó, pero lo cierto es que en Boipeba tuvimos a ratos la maravillosa sensación de estar en una isla desierta. Es cierto que hay restaurantes, posadas e infraestructura turística, pero sigue siendo un refugio de tranquilidad, con su plaza en torno a un campo de fútbol, su mini iglesia, sus lugareños sonrientes y amables y sus casitas de tonos pastel llenas de flores multicolores.

Esas playas inmensas y casi vacías (Cueira, Tassimirim, Moreré, Bainema) lo dicen todo, igual que el hecho de que sólo se pueda llegar de un pueblo a otro (hay 3 en toda la isla) en burro, en tractor o caminando por senderos de arena entre la mata atlántica y la jungla de palmeras. Con un poco mejor tiempo no sé si nos habrían podido mover de allí… Pero la lluvia también había decidido irse a vivir a la isla, así que tratamos de huir de ella hacia la siguiente parada, unos cientos de kilómetros más abajo.

TRANCOSO
Nuestra idea era pasar los últimos cuatro días antes de Río en la playa, concretamente en Caraíva, un pueblito al que sólo se accede en jeep y canoa. Pero sólo llegamos hasta Trancoso porque la lluvia se vino con nosotros y el camino sin asfaltar estaba impracticable… Como muchos ratos no se podía hacer nada, nos dedicamos a ver llover desde la hamaca, leer, escribir y preparar la visita a la capital. El respiro nos sentó bien 🙂 y en las treguas que nos dio el aguacero recorrimos el pueblo, mimado hasta el extremo, con una placita, el Quadrado, digna de un cuento de hadas: casas pintadas de colores que encerraban tiendecitas o galerías de arte, árboles decorados con luces y cazasueños, la iglesita blanca sobre un acantilado con vistas a la selva y las playas infinitas… Hasta tuvimos tiempo de correr como locos tras un ladronzuelo de ipods y de descubrir por una ventana la casa en la que habríamos podido vivir, cambiando el perro que dormitaba en el sofá por cierto gato Tubi 🙂


Por lo demás, los días pasaron tranquilos y perezosos hasta que llegó el momento de viajar hacia la capital brasileira: Río, ciudad gigante que nos generaba sentimientos enfrentados y en la que íbamos a encontrarnos con Anita. ¡Qué ganas tenía de verla! 🙂 ‘Sólo’ 32 horas de bus nos separaban. ¡Ay, qué país enorme!

Más fotos de Brasil en nuestro álbum de Flickr, aquí.

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