Etapa 25. Bolivia

28 agosto – 12 septiembre

Si Perú es un país tradicional, Bolivia lo es todavía más (y también más pobre). Casi todas las mujeres visten las ropas típicas, con faldas largas, blusas, chaquetas y toquillas superpuestas. Llevan el pelo negro recogido en dos trenzas unidas al final, a veces por una tira de adornos con borlas como las de las cortinas. Y, en lo alto de la cabeza, una especie de bombín negro o marrón que portan con orgullo, extrañamente elegante en contraste con las ropas alegres y multicolores. Casi siempre cargan pesos a la espalda (ellas son las vendedoras y las madres, así que, si no es mercancía, es un niño), que sujetan con una tela grande de rayas atada sobre los hombros al pecho. Cuando viajas con ellas en el autobús traqueteante y destrozado de turno, las ves levantar sonriendo sacos gigantes con sus manos curtidas, callosas y fuertes. Y te preguntas cómo te quejas tú de la mochila y de tu vida tranquila.

COPACABANA
El cruce de frontera entre Perú y Bolivia fue sencillo. Tras rodear el Titicaca en autobús, llegamos a Copacabana. Al contrario que Puno, ‘Copa’ es un pueblo amable y abierto al lago, con un pequeño puerto, calles en cuesta, algunas ruinas incas y un ambiente relajado. Aquí descubrimos las curiosas mezclas que genera la colonización en la forma de vivir de un pueblo. En la plaza de la iglesia, sacerdotes y ‘yatiri’ (chamanes) se turnan para bendecir los vehículos, adornados con motivos fosforitos que mezclan religión y fiesta de cumpleaños. Y, al subir al monte Calvario, la amalgama se hace aún más evidente. Por el camino, marcado con las estaciones del Via Crucis, la gente deja piedritas con los pecados. Arriba, un poco antes de llegar a la reverenciada imagen de la Virgen de Copacabana (tallada precisamente por un indígena convertido, Tito Yupanqui), hay un ‘yatiri’ que hace bendiciones de ofrendas andinas e imágenes de la Virgen por igual. Las primeras pueden comprarse allí mismo y representan lo que uno quiere conseguir o bendecir. En forma de juguetes, hay coches, casitas, muñecas embarazadas, familias, tiendas, billetes… Todo lo que se pueda desear 🙂 El yatiri hace un ritual allí mismo, sobre mesitas de piedra; se bebe cerveza, se tiran serpentinas, confeti y petardos, y listo, sólo queda esperar a que el rito haga efecto.
La agotadora subida al monte mereció la pena para ver todo eso y para tener una panorámica del lago más alto del mundo, infinito como un mar. Adentrarnos en él iba a ser nuestro próximo objetivo.

CHALLAPAMPA, ISLA DEL SOL
Desde Puno había viajes organizados a las islas flotantes Uros (que se han convertido en un espectáculo turístico), pero nosotros buscábamos algo diferente. Unas semanas antes, durante nuestro camino al Machu Picchu, conocimos a un par de catalanes, Laura y Carles, con quienes compartimos el triunfo del Barca en la Supercopa en una pollería (cosas de la vida). Ellos (desde aquí, ¡mil gracias!) nos hablaron de La Sirena, un alojamiento muy especial en la Isla del Sol, lugar mágico para los incas en mitad del Titicaca. Allí es donde queríamos ir. Así que el 31 de agosto tomamos un barco de Copacabana a Challapampa, un diminuto pueblo en la zona norte de la isla, la menos explotada. Preguntando por La Sirena y subiendo cerro arriba, a 20 minutos del pueblo, por fin conseguimos llegar al que iba a ser nuestro hogar durante los próximos tres días.
Era una casita de madera y piedra junto al lago, en una cala solitaria, sin luz ni agua corriente lavábamos (y nos lavábamos) en las aguas transparentes (y heladas) del Titicaca, y compartíamos los días con burros y ovejas y con algún lugareño que bajaba a bañarse o hacer la colada.
Por el día hacíamos excursiones a las ruinas cercanas, tomábamos el sol en la playa, cocinábamos con gas y, cuando se hacía de noche, leíamos con velas y farolillos. El silencio era absoluto, el cielo tenía millones de estrellas y, al amanecer, el lago inmenso era lo primero que veíamos desde la cama por el enorme ventanal de la casa. Fue una experiencia inolvidable. Toda la fuerza de esa isla donde dicen que se creó el sol nos acompañó de vuelta a Copacabana y durante el resto del viaje por Bolivia.

LA PAZ
El 2 de septiembre nos movimos radicalmente de escenario: de la naturaleza a una ciudad en un hoyo, La Paz. El trayecto en bus fue divertido porque tuvimos que cruzar el lago en lancha y el autobús hizo lo mismo en una especie de pontón. Al llegar dimos mil vueltas por La Paz, una ciudad caótica, enorme y llena de tráfico, en busca de hotel y suda que te suda. Pero aunque esa primera toma de contacto con la ciudad había sido agobiante, no sabíamos la enorme suerte que nos esperaba al día siguiente y que nos iba a permitir ver la capital de una forma que pocos pueden disfrutar. ¡Era el Día del Peatón! ¡Ocasión única en el año para ver La Paz sin un sólo vehículo! Fue una maravilla. La gente había tomado las carreteras y paseaba por ellas, jugaba al fútbol en el asfalto y vendía allí mismo con sus puestos. Recorrimos El Prado, lleno de actividades y música en directo, marchas reivindicativas y hasta cebras que informaban sobre seguridad vial. Subimos al mirador Montículo, en el barrio moderno de Sopocachi, y terminamos el paseo en la empedrada calle Jaén y la plaza Murillo, muy animada. Al día siguiente, con la vuelta del tráfico, trazamos planes de viaje hacia Brasil, hicimos lo colada con lavadora (hito siempre importante) y nos refugiamos en las calles altas alrededor de la Plaza de San Francisco. También fuimos al Museo de la Coca, donde se contaba la interesante historia de la hoja sagrada de los incas, que el mundo ha demonizado sólo porque con ella se elabora algo llamado cocaína. Sin saber que esta planta, con efectos tan solo levemente estimulantes y perfecta para combatir el mal de altura, sirve también de base para crear la lidocaína y otros anestésicos usados, por ejemplo, por los dentistas.

RURRENABAQUE
El día 7 otra vez cambió el paisaje y volvimos al entorno salvaje. Dicho así parece fácil, pero el camino de La Paz a ‘Rurre’ es cualquier cosa menos eso… Hay que bajar de 4.000 a 200 metros e altitud, así que imaginad los puertos… 22 horas nos costó llegar en autobús, primero por lo que queda de la famosa Carretera de la Muerte (una de las veces en que nos cruzamos con un camión tardamos media hora en conseguir pasar… al borde del precipicio) y luego por otro camino sin asfaltar rodeado de selva. Al llegar a ‘Rurre’ casi besamos el suelo… Pronto vimos que este pueblo cuadriculado y polvoriento no tenía gran cosa excepto su increíble situación en plena jungla… y un montón de agencias que nos querían llevar a verla. En el siguiente post contamos con calma qué hicimos y cómo llevamos nuestro encuentro con caimanes, anacondas y pirañas.
Tras la expedición, el día 11 nos quedamos en Santa Rosa, un pueblo pequeñajo tres horas al norte de Rurrenabaque. Supuestamente, de allí salía un autobús a las 11 de la mañana hacia Guayaramerín, donde está la frontera con Brasil. Al final el bus apareció a las 6 de la tarde… y se puso en marcha, por fin, a las 10 y media de la noche. Unas 11 horas de retraso de nada… El caso es que, tras otra noche memorable en bus reviejo y repleto que ya ni contaremos, llegamos a Guayaramerín a las 10 de la mañana. Allí fuimos directos a inmigración, nos sellaron la salida de Perú, nos subimos a una barca y de pronto estábamos en Guajará-Mirim, el equivalente fronterizo brasileño. Un enorme país nos esperaba a ritmo de samba. Y empezaríamos recorriéndolo en barco por el mismísimo Amazonas.

Más fotos de Bolivia en nuestro álbum de Flickr, aquí.

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Etapa 25. Bolivia

3 comentarios en “Etapa 25. Bolivia

    1. Diego dijo:

      A nosotros al principio nos hacían mucha gracia los bombines 🙂 es muy raro para un traje típico. Lo del día del peatón fue una suerte enorme que tuvimos. No te imaginas lo que puede ser visitar una ciudad como La Paz sin un coche. Al día siguiente era una locura otra vez con el tráfico e intentando que no nos atropellaran. Allí el respeto al peatón es nulo. Un abrazo

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