Etapa 30. Norte y centro de Argentina

11-18 noviembre

CÓRDOBA
A pesar de no tener Mezquita ni demasiados atractivos turísticos, Córdoba fue una buena parada técnica ‘entrebuses’ de Buenos Aires a Salta. Llegamos en domingo (11/11/11 y no acabó el mundo, así que bien) y todo estaba cerrado, menos la Catedral (y gracias). Así que nos limitamos a pasear sin rumbo por la zona centro, que es bastante reducida. Edificios coloniales, plazuelas, algunas iglesias bonitas, fuentes con luces de colores y algún espectáculo callejero por la noche (que, como aquí el alcohol está vigiladísimo hasta en los conciertos, se disfruta con mate, una droga claramente dado el nivel de adicción de la peña por estos lares…). Como la ciudad no nos dijo mucho, nos refugiamos en el hostel (el Che Salguero, uno de esos que merece la pena destacar), donde aprovechamos para dormir como marmotillas, charlar con otros viajeros y apuntar un montón de consejos que nos dieron para el resto del viaje por tierras chés. Y al día siguiente emprendimos ruta de nuevo hacia Salta.

SALTA
Todo el mundo nos había recomendado el norte argentino y tenían razón. Salta, ciudad grande pero tranquila, ofrece calles peatonales, las típicas iglesitas coloniales, plazas para descansar y un teleférico que te sube al Cerro de San Bernardo, con vistas muy chulas y un paseo muy agradable de bajada. Pero lo más impresionante son los alrededores, que conocimos en dos excursiones, una hacia el norte y otra hacia el sur.
La primera nos llevó a la provincia de Jujuy, vecina de Bolivia, por un paisaje verde, entre ingenios, plantaciones de caña de azúcar y de tabaco. Allí, en la Quebrada de Humahuaca, seca y llena de cactus cardones, vimos el impresionante Cerro de los 7 colores (que mezcla tonos rojos, verdes, amarillos, naranjas y hasta morados) y por una carretera de mil curvas subimos hasta los 4170 metros de altitud en sólo 21 km. Al otro lado nos esperaba el desierto, la puna, y las Salinas Grandes, un paisaje marciano en blanco y azul. La vuelta fue por Purmamarca pueblo y el Camino de las Cornisas, en mitad de las ‘yungas’ (palabra quechua para la selva). Nos reímos mucho con Pablo, el guía poeta, y con los divertidos jubilatas que venían con nosotros. Una de ellas tenía 88 años, para que luego digan que viajar es cosa de jóvenes…

La segunda expedición fue más corta y se dirigió a Cafayate, en los valles Calchaquíes. Para llegar atravesamos la Quebrada de las Conchas, un lugar impresionante lleno de montañas rojas y gris-verde desgastadas por el agua en las formas más peculiares (desde un sapo al Titanic) y habitadas por cabras y cóndores. También visitamos una bodega y probamos un torrontés hecho con viñas de altura (fuerte, fuerte).
Aunque el resto del grupo volvía a Salta, nosotros nos quedamos en Cafayate porque seguíamos rumbo al sur y así nos ahorrábamos ese tramo. Pasamos la tarde en el pueblo y salimos en bus rumbo a Tucumán, donde enlazamos con un nocturno. El 16 de noviembre amanecíamos… en La Rioja.

LA RIOJA
Hay muchos motivos para visitar una ciudad y tan bueno como cualquier otro puede ser el que nos llevó a La Rioja: su nombre. Nos hacía gracia conocer el equivalente argentino a nuestra región, así que decidimos pasar allí el día (lo que implicó dos bonitas noches seguidas en bus).
No es que La Rioja tenga mucho que ver, los alrededores montañosos y desérticos son atractivos, pero lo que a nosotros nos alucinaba era encontrar el nombre de nuestra tierra por todas partes y en los lugares más diversos y surrealistas, desde un aviso de precaución con los alacranes hasta un cartel electoral con la foto de Medem o la cabecera del periódico local. Descubrimos, por ejemplo, que en esta Rioja todos los niños tienen ‘laptops’ verdes, hay wifi gratis en cada plaza, el patrón es San Nicolás de Bari y la siesta es sagrada de 1 a 5 de la tarde, cuando todo cierra.

MENDOZA
Otra noche autobusera nos dejó en Mendoza, una ciudad muy agradable, verde y llena de árboles pese a estar en medio de un desierto donde apenas llueve. La clave está en el agua del deshielo, que llega a la ciudad por unos canales centenarios que recorren casi todas sus calles. Esa misma agua procedente de la cercana cordillera de los Andes riega también las viñas que dan fama a toda esta zona y que fueron nuestra visita principal desde la ciudad. Fuimos en bus hasta Maipú y Coquimbito, donde están casi todas las bodegas, y allí alquilamos unas bicicletas para poder recorrer los 12 kilómetros que abarcan. Lo de ir a bodegas y fábricas de dulces y licores que ofrecen degustaciones gratuitas y luego subirse a una bici con el sol sobre tu cabeza tiene ciertos problemillas… Pero sobrevivimos a base de mucha agua y bocatas de jamón y probamos vinos muy ricos (Di Tomasso nos encantó), aceite, encurtidos y mermeladas, y un dulce de leche con chocolate que estaba delicioso. Además aprendimos los procesos de elaboración de los vinos aquí y conocimos las técnicas y utensilios antiguos ya en desuso, como el lagar de piel de buey o las ánforas cubiertas con cuero.

Aún relamiéndonos y con dolores varios de tanto pedaleo y tanto sillín, esa misma noche tocó bus de nuevo. Esta vez eran 22 horas que nos llevarían al sur, el frío y los famosos lagos de Bariloche.

Más fotos de Argentina en nuestro álbum de Flickr, aquí.

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